domingo, 30 de diciembre de 2012

Querer que duela

Llevo días masturbándome sin cesar. No tiene fin, no tiene inicio. Espermatozoides nadan por billones en los ductos de esta ciudad, anidados en papel de baño, cada hora.

¿Por qué?

Por que dueles.

O porque quiero que duelas.

(Es lo mismo)

Las erecciones son permanentes. Mi pene está rojo, ardiente, arde. No hay lubricante, no. Nunca nena. Ese es el punto: arde.

¿Por qué?

Porque quemas.

Porque quiero que quemes.

(da igual)

Eyaculo sangre. Tengo llagas y costras. Y de verdad, eso es lo que quiero. Que esté herido, que estemos heridos. Él y yo, él y tú, tú y yo.

¿Por qué?

Porque duelo, pero no lesiono. Porque quemo, pero no incendio. Porque hiero, pero no mato. Y eso, mujer, es lo que necesitas. Que te piense y me duelas hasta el sexo.

Así, cuando sienta rechazo por ti y tu erotismo, o por tus labios, o tus pechos, o tu verbo, tal vez entonces, y sólo entonces descubras que también te puedo doler.

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