martes, 14 de agosto de 2012

La nueva oferta

Esta es una escena típica de película. Estaba sentado en una mesa decorada con cubiertos finos, manteles a cuadros al mero estilo italiano, música instrumental (muchas de las piezas extraídas de películas, otras de compositores minimalistas, otras tantas de música clásica), una noche carente de luna pero con una extraña aparición de más estrellas de lo común, y una vela.

A decir verdad, el reloj de péndulo que no colgaba en mi pared empezaba a desesperarme. No, no tenía ninguno, pero ¡ah, cómo me lo imaginaba burlándose de la cómica situación! Clack... Clack... Clack... Y yo, viendo hacia el frente, como si te mirara a ti directamente a los ojos y tú me vieras a través de la pantalla de tu sala; con tenedor y cuchillo en las manos, apuntando hacia el techo recargados sobre la mesa.

No comas ansias. Ya sé que te estarás preguntando, "Y bueno, ¿a quién carajos estaba esperando este estúpido con una cena elegante bien preparada?", pero no desesperes. Antes de confesártelo, debo contarte un par de sucesos que ocurrieron hace un par de horas... Veamos, ¿por dónde empiezo? ¿Por el timbre?

Empezaré contando que después de misa, me encontré a Pedro. Que cómo estaba, bien y tú qué tal, nada a nada de casarse y pensando en la familia, pero que algo estaba pasando en su matrimonio que estaban descubriendo una nueva etapa de convivencia. ¿Hijos? Que no, pero que ya lo habían platicado, ¿tú qué tal? Saliendo de una relación. Que cuánto llevábamos. Unos cuatro años, quizás. Sabes, me dice, el problema de  nosotros es que no entendemos que no todas aman como quisiéramos, ni amamos como ellas quieren.

Lo demás es chisme, pero me quedé perplejo ante la afirmación de Pedro. Quizás tenía razón. Así que idee un plan:

1. Prepararé la reunión con el amor de mi vida, de tal suerte que sea como realmente me gustaría que fuera.
2. Decoraré el espacio en donde le haré por vez primera el amor (sí, primera. Espera y entenderás.)
3. La vela la apagaré, el amor siempre tiende a tener esas partes oscuras.
4. No me importará cómo sea, la amaré sin esperar absolutamente nada de vuelta.
5. No podré esperar que llegue de forma convencional, no habrá cafecito de preambulo quizás.
6. Es probable que después de amarla un día, quizás unas horas, se termine el sentimiento. No sentiré rencor u obsesión a su presencia y la dejaré irse con calma. Quizás la tendré que marchar yo mismo, en caso de que sea yo el que termine de amar.

De esa forma empecé a esperar en la misma mesa que me encuentro en estos momentos. No, no ha sido tan aburrido. Alrededor de las 7 de la noche sonó el timbre. Era una repartidora de pizzas... Sí, como lo lees, una repartidora. Yo, así como tú, me quedé perplejo de que eso pasara.

- ¿Se encuentra el señor Joaquín Verde?

Y que me la agarro a besos. ¡No te dejes llevar por el morbo! ¿Qué no lo entiendes? Acaba de tocar una mujer entregadora de sabores italianos a mi puerta preguntando por el señor Azul, o algo así. ¿No te das cuenta? ¡Era la forma más anti-yo de amar! Así: a primeras palabras, sin conocerla, extraña situación fuera de lo común. Era la forma en la que yo no esperaría sentir amor.

Claramente me dio un bofetón, pero no importa. Ni modo que esperara que me amara sin violencia. Pero al verme bien me devolvió unos besos cargados de mucha saliva y mordidas traviesas... ¡Auch! Bueno, quizás era más que travesura.

- ¿Debo suponer que usted es el señor Verde?

¿Qué más daba? ¿Amaba al señor Verde? Porque si no lo hacía, entonces daba lo mismo; y si sí, ¿debía esperar yo que me amara de forma exclusiva?

En lo subsecuente hubo varios problemas. Primero, no nos dio tiempo de tener sexo en la mesa, sino que primero caímos al sofá. Vamos a la mesa, le dije, pero que si estaba loco. No, sólo amo de forma distinta. Pues que qué formas tan raras de amar a una desconocida.

Segundo, no apagué la vela porque estaba en la mesa a la cual no la llevé a coger. En ese momento me di cuenta de una cosa tremenda: el amor, definitivamente podría entrar por la piel, el deseo o los olores. Lo que quieras, pero definitivamente sale por los ojos.

Para cuando terminamos de hacer el no-amor, le pedí que al menos se quedara a cenar.

- No puedo, me quedan como 3 minutos para entregar la pizza antes de que me la cobren. ¿Seguro no eres el señor Joaquín Verde?

Y he ahí el por qué sigo esperando sentado, con spaghetti en una cazuela, sandwiches preparados y ahora una pizza de carnes frías. Los cuatro esperando. Claro, porque yo dije que esperaría al amor de mi vida, no al amor repartidor de pan con queso y salami que tiene menos de 30 minutos para amar, antes de que la vida (o su empresa) se lo cobre.

Por ello he decidido una nueva estrategia, y es que tú que me estás leyendo entiendas lo sucedido anteriormente y de antemano sepas lo que no espero. Nos ahorraremos la penosa necesidad de que tengas que amarme como no quieres (aunque según Pedro no debería ser así), y de antemano expongo el plan que tengo hacia contigo.

Apresúrate, podrías llegar tarde.


miércoles, 4 de julio de 2012

Esperanza

(Dale play, comienza a leer)




Despensa en brazos. Llaves torpes. Abrir puerta. Perro brinca. Cocina. Guardar en el refri. Servirle de comer. Buscar. Sentarme. Fumar un cigarro. Espero...

Levantarse. Café. Pan de dulce. Encender la computadora. Orinar. Cargar computadora. Buscar papeles. Ver computadora. Hola. Cita. "Sí, te alcanzo para comer".

Espero...

Matemáticas. Dudas de alumnos. Artículos. Cáncer. Incertidumbre. Ideas. Más ideas. ¡Brillantes ideas!... no salió.

Espero (quizás mañana)...

Vivaldi. No, mejor no, Chazz Knap. Sí. Ojos cerrados. Sueños y utopías. Vida. Corre. Salta. Ya casi... Despierto.

Espero...

Salgo. bicicleta. Trabajo.

Espero...

Espero...

Un poco más...

Espero...

Reunión. Besos. Muchos besos. Vuelta. Quizás lluvia. Eso sí, calorcito. Bueno, está difícil eso. Tu mano. La mía. Restaurante. Velas, madamme? Jazz. Tu sonrisa. Mis alas (que me pones).

Esperamos...

Comida. Caricias. Plática (que no falte). Tu rostro. Vino de calidad. ¡Vino! Mareo (as usual). Sexy. Sucio. Sexo. Otra vez... Sexo. Orgasmooooos. Ahhhhh. Abrazo. Besos. Dormir.

Esperamos...

Amanecer. Mi cama. Tu cama. Nuestra cama. Desnudos. Desayuno. Desnudos. Película. Desnudos. Sueño...

Anochece. No hay sábanas sino brazos y piernas. No frío. Desnuda. Totalmente desnuda. Toda desnuda: piel, cabellos, uñas, dientes, estómago, pulmones, bazo... corazón. Abierto estoy a la desnudez.

Espero...

(ese momento que vendrá)

sábado, 21 de abril de 2012

Intermedio...

(La habitación de un hospital. Un anciano recostado en una camilla va despertando de un largo sueño. En un sillón frente a él, una mujer vieja y bien conservada, o mejor dicho de buen estilo. Se acerca al viejo que va perdiendo color)

Mujer: ¡Enfermera!

Hombre: ¡Shhh! Calla, no dejes que venga.

M: Pero estás... dijeron que no sabían si...

H: Ya, no te preocupes. Ven, acércate, no tengo mucho tiempo.

M: ¡Ay, Dios!

(Silencio. Se quedan viendo. Ella gira la cara)

H: Sigues siendo tan hermosa como cuando te conocí.

M: Ya no estamos para esos comentarios, los años nos han tocado. Mírate, en una camilla. Y yo, yo sin...

H: No miento, siempre lo he creído.

M: ... Escucha, tengo algo que decirte. Quizás debí decírtelo hace años, tal vez antes de casarnos. Pero... yo...

H: no me amaste...

M: No es...

H: Tranquila, lo sé. Lo supe durante mucho tiempo. Lo supe y no. En verdad eres una gran actriz, siempre lo supe, y qué mejor que nuestra propia vida juntos para convencerme de ello.

M: ¿Por qué no hiciste nada?

H: ¿Yo? ¿Y por qué habría de hacer algo?

M: Pues ¿cómo pudiste vivir tantos años conmigo? Yo, una mujer que pocas veces te amó.

H: Mi cielo, con esas veces me bastaron. Y como te lo dije, eres una excelente actriz. Fingiste tantos años ser una adorable mujer, una excelente madre y la mejor de las esposas. Siempre lo supe, pero al mismo tiempo me creí que no era así.

(Ella se levanta dispuesta a irse. Él le sostiene la mano. Está frío.)

H: No sabía por qué no te fuiste, hace unos momentos lo descubrí (ella quiere hablar, pero la interrrumpe). Fuiste feliz y no. Querías tener hijos y no. Querías un esposo que te cuidara y no. Querías tener una linda casa en un bonito vecindario, manejar en autos o camionetas del año, tener vacaciones en el extranjero y hasta 3 veces al año... Y no. Tampoco lo querías.

M: ...

H: Te observaba cuidar a los niños, con suma dedicación, hasta que en largos momentos desearas estar lejos, muy lejos de esta casa. ¿Recuerdas el primer cumpleaños de Miguel? Compraste todo para celebrarlo, pero no invitaste a nadie, bueno, de eso me di cuenta después. Y así fue, como cuando nos fuimos de segunda luna de miel, que te encerraste todo el trayecto del viaje en crucero y sólo salías por las noches a recorrer el barco... Como una fantasma.

M: ¿Y según tú por qué no me fui?

H: Porque no creíste que fueras más feliz de otra forma. Porque al final cuando éramos jóvenes disfrutamos todo, y eso te ató más y creíste que sin ti yo no hubiera podido salir adelante. Después nacieron los niños (recapacita), vaya, es increíble que siendo abuelos aún les diga niños... siempre serán unos niños para mí.

M: ¿Y lo hubiera sido?

H: No lo sé, cariño. Eso era algo que tú debiste analizar. Y seguro sabes la respuesta...

M: ¿Y tú, por qué no hiciste nada?

H: ¡Porque yo era feliz! Sigo siendo feliz. Compartí el resto de mis días con la mujer que amaba.

M: Aunque ella no te correspondía.

H: Aún así. Porque al final le enseñé a mis hijos los valores que creíamos convenientes. Porque te hice el amor de mil y un formas, me enseñaste las posiciones que te gustaban y pervertimos de todo. Nunca nos frenamos. Y cada orgasmo que tenía me aferraba más a tus senos y a tu sexo, a tu cabello y más que nada a tu verbo. Tu forma tan arrogante de hablar, y tan culta. Hice todos mis planes contigo, con la mejor actriz que pudo convencer a su marido, a sabiendas de que era un guión, de que vivieron felices por siempre.

(Ella llora)

H: Oh no, ven, no quise herirte.

M: No lo hiciste. Tienes razón en todo.

(Se acerca a él. Se besan. Ella sigue llorando. Él le limpia las lágrimas, le acaricia la cara y le sonríe.)

H: Bueno. Es hora de irme, me he pasado un poco de tiempo y debo tomar el tren. ¡Te extrañaré, amor mío!

M: Espera, ¿a dónde vas?

(Ella despierta. Se encuentra en la habitación. Su esposo recostado, conectado a maquinas.)


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BIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIP

M: Sí, sí lo fui...

(Oscuro. Fin del intermedio.)

Pensamientos al cerrar el telón...

Dicen por ahí que cuando uno se enferma es porque no habla, quesque tiene cosas atoradas qué decir... Y en verdad yo tengo muchas.

¿A quién? También a ti, querido lector, no ha habido persona en este mundo a quien le haya dicho todo lo que siento... tantas cosas buenas, tantas cosas malas. Ponle el juicio de valor que quieras, siempre habrá uno de cada categoría que no te he dicho.

¿Y por qué? ¡Buena pregunta! Apuesto a que habrás notado que no tengo un estilo fijo a la hora de que estés leyendo esto. No. En verdad estas palabras son para expulsar a través de mis dedos, que atraviesen las redes complejas de la web, y que no sólo no lo diga, sino que además lo lea cualquiera que tenga acceso a este recurso. mejor dicho, algún perdido que tenga acceso a este (in)útil blog por el motivo que sea.

(Pausa)

Nunca había entendido por qué las montañas representan tanto los retos de la vida, hasta ahora. Digamos que yo soy esos escaladores que ven la punta de la montaña y comienzan a perder la esperanza... cuesta más trabajo respirar y cuando lo logras, el frío se te meté por todo el tracto respiratorio, hace estragos en los pulmones, duele el pecho, y el corazón se lastima.

La situación es la siguiente: Imagina que tienes frente a ti tu sueño hecho realidad, sueño que cargas noche con noche desde hace años. Lo tienes frente a ti, lo quieres tomar, lo hueles y hasta te dejan probarlo... Pero no está en tus manos. Dependes de trámites, de personas, de un sin fin de cosas.

(Cierra los ojos, el telón sigue cerrado. Han anunciado el intermedio)

Acabo de verlo detrás de la cortina. Allí está, me sonríe. Eso creo...

Se llama Tesis. O mejor dicho Sobre bifurcaciones secundarias en sistemas de tipo Reacción-Difusión, como le puse al bebé. ¡Miren, ya está empezando a hablar! ¡Observen, ya estructura enunciados! Pero tiene un defecto... no corre. Y lo que es peor, ¡no ha aprendido a volar!

Hoy en la tarde tuve un pensamiento, "si me siento así por una tesis de licenciatura, ¿qué no sentiré de una de doctorado?"

O lo que es peor...

"¿Es realmente esta carrera para mí, esta que tanto amo, deseo y juré ejercer hasta el último día de mi vida?"

(Los pensamientos fluyen de cabeza a ojos)

"Y si no soy para lo que más me gusta hacer, ¿qué es para mí?"


"¿Seré un buen actor?"


"¿Un buen hijo?"


"¿Un buen hermano?"


"¿Un buen ejemplo a seguir?"


"¿Un buen conferencista?"


"¿Un buen amigo?"


"¿Un buen amante?"


Quizás sólo la muerte nos entregue ese tipo de respuestas...

...en el intermedio, duele tratar de descubrirlo.

jueves, 19 de abril de 2012

Amantes (dos)

La Junkie

- Apestas.

Tenía razón.

- Hay dos olores que reconozco a la perfección, el de la marihuana y el olor a sexo.

Toda la razón.

- ¿Y a esta por qué te la tiras? ¿Te hace volar, acompañado de hierba?
- No, sólo flotar.

Y es que cabe aclarar que no es lo mismo, aunque lo parezcan. Pero a la mala hay que aprender la diferencia.

Y así fue, al día siguiente, al entrar a casa la encontré con no sé cuántos porros consumidos. Ella, desnuda, fumando el último de ellos. Se acercó a mí cadenciosa, trastabillando, torpe.

- ¿Ahora te parezco atractiva?

No respondí

- ¿Qué pasa, cabrón?- me dijo justo después de meterse una pastilla a la boca.

Y en cuestión de segundos la tenía en el asiento del auto, después de un ataque por sobredosis en camino al hospital. Después de ser atendida por los médicos me dejaron pasar la noche con ella, hasta el día siguiente en que despertó.

- ¿Volaste o flotaste? - le pregunté.
- Nada de eso, me caí.

sábado, 14 de abril de 2012

Amantes (uno)

La Matemática


- Y bueno, ya que estamos en esas, ¿cuántas amantes has tenido?
- No llevo la cuenta.
- Bueno, ten la maldita amabilidad de decirme con cuántas sigues saliendo, ¿no?
- Por eso, te digo que no llevo la cuenta.

Nunca se lo oculté con la intención de engañarla. No, la existencia de mis amantes no es, ni será, la de amar a tantas como mi cuerpo (y mis bolsillos) puedan sostener. Lo oculté por evitar lo que sucedería después de esta noche en la que discutimos... o mejor dicho, discutió, sobre la existencia de todas estas personas; sobre lo inevitable que sucedería (que sucedió) si ella llegara a pensar en...

-... ¿Y por qué crees tú que no puedo ocupar ese lugar?
- Lo sé, cielo. No quiero que sea así, también sé que no quieres.
- ¡Claro que quiero! Te demostraré que puedo ser mejor amante que esa zorra que te cogiste en el estudio. Dime, ¿es matemática?

Durante dos días no la vi salir del estudio. Por lo que vi, ni siquiera salió a trabajar, quizás ni siquiera a comer. No contestaba. No hablaba. Al tercer día, llegando a casa, la encontré escribiendo ecuaciones en el pizarrón. Ninguna de ellas tenía errores aritméticos. Ninguna de ellas hacía sentido alguno.

- ¿Qué haces?

No contestó.

Me acerqué. Seguía atenta al pizarrón, descubriendo patrones donde no existían. Se volteó y con fuerza despojó mis pantalones del cinturón. Con torpeza desabotonó cada uno de los botones que sostenían mi camisa.

Tomó residuos de gis que se encontraban en el pizarrón y, mientras la penetraba, atascaba mi torso desnudo con manchas del polvo blanco. Tomé del mismo y dejé mis manos marcadas en sus senos, en sus nalgas, en su espalda.

- ¿Por qué lo haces?
- ¿Por qué hago qué?
- Cogértela
- Porque me inspira
- ¿Y qué recibe ella a cambio?
- Coautoría.
- ¡Intégrame!
- Eso no tiene sentido (la penetro ante el pizarrón)
- ¡Derívame! (toma un gis)
- ...
- ¡Entonces trázame una línea curva que pase por todos mis puntos eróticos, uno a uno, que los toque cerca... muy cerca, nunca allí. Así, hasta que no pueda más, no resista, y te obliga a que tu curva me penetre junto con tu miembro y concluya en el punto máximo de nuestro orgasmo!
-... Eso sí que tiene sentido.

Le arrebaté el gis, la quité de mi lado y comencé a escribir letras, números, y otros símbolos. Un modelo. Un modelo dinámico. Y la solución estaba en sus palabras: una órbita que pasara cerca de todos los puntos de equilibrio del sistema, tan cerca como uno quiera, hasta converger eventualmente a uno de ellos. Una especie de caos.

- Lo siento, cielo. No podía dejar que se me fuera esta idea, tu idea. Por cierto, ¿te gusta el Journal of Mathematical Biology para poner tu nombre junto el mío en un artículo?

domingo, 14 de agosto de 2011

¿Antro o Bar?

Nunca me gustó visitar los antros. La primera ocasión que lo hice, además de tener que pasar desapercibido de dos gorilas en la entrada, vacié un vaso entero de vodka con jugo de arándano (cuyo precio era de doscientos pesos) encima de mi playera (sí, era playera) debido a que la presión social que se sentía en dicho lugar superaba la que se genera en el metrobús El Caminero a las siete de la mañana.

Olvidando el desastre económico anterior, comencé a sentirme incómodo por la reacción de la gente a mi alrededor. En primera instancia, al sonar una canción de un incapacitado visual llamado Pitbull (o al menos así lo parece) todos comenzaron a saltar y moverse de formas extrañas. El espacio interpersonal disminuyó abruptamente entre todos los presentes: él ponía su axila velluda en mi nariz, ella clavaba sus filosas uñas en mi espalda, aquel seguía escurriendo whisky y hielos en mi cabeza, aquella me mostraba sus senos desmedidos (casi tan desmedidos como la anchura de su vientre), el de al lado soltaba codazos que destrozaban mi nariz, la de arriba ponía su entrepierna entre mi pierna, uno quién-sabe-quién salía del clóset acercando su boca a mi oreja, una casi-niña apretaba mi nalga derecha,...

Cuando al fin terminó el famoso y artístico perreo, y comenzaba un par de canciones de salsa, corrí por algo de beber. Una cerveza, por favor. ¿Perdón? Sí, una cerveza. No tenemos eso. Entonces dame un tequila. Me sirvió una paloma, o mejor dicho, un hielo con un twist de licor de agave y agua mineral... sin gas. Oye, pedí un tequila. Por eso. No, solo, lo quiero solo. Y así fue como de narco norteño no me bajaron.

Regresé a donde se encontraban mis amigos y me di cuenta de que estaba solo. No, ellos seguían allí. La diferencia radicó en que Javier bailaba con Mónica; Dante y Felipe se sostenían mutuamente para no soltar la botella de Smirnoff; Carmen... ¿Carmen?; Paola dormida. El antro entero: hasta la madre.

Decidí entrar al baño. Me mojé la cara y saludé a Carmen por el espejo. Tomé un trozo de papel que apareció de la nada para secarme y contemplé la canasta con paletas, chicles, cacahuates, cigarros (de todas las marcas), Halls, condones...
- También tengo cosas más fuertes, por si gusta.- dijo el cuidador.
Quise salir, pero el hombre me estiró la mano bloqueándome el paso.
- ¿Perdón?
- Propina.
- ¿Como por qué?
- El papel.

Después de darle cinco veces una moneda de diez pesos, al regresar, pude notar que estaba solo. No, Javier no fajaba con Mónica; Dante y Felipe no vomitaban el suelo; Carmen... juro haberla visto hace poco; Paola no roncaba. De hecho, ninguno de ellos estaba más.

¿A qué hora cierran?, pregunté al barman. ¿Habrá balacera? No, idiota; no soy narco. Llamaré a seguridad. ¡Dios, dame un tequila en lo que llegan!... ¡No! Un tequila, ¡derecho!
- ¿Tienes problemas?- me preguntó una voz femenina.
- Fuera de que son las tres de la mañana, no tengo vehículo, mis amigos se largaron y que está por correrme alguno de los adefecios de la entrada, todo bien. Aquí bebiendo una Paloma diluída.
- ¿Tienes dinero?
- ¿Por qué?
- Porque quiero que me lleves a un hotel ahora mismo.

Salimos. Tomamos un taxi y fuimos a un hotel cercano. No supe nada de ella, sólo que salvo por su cara parecía una mujer muy "promedio". No tenía pechos grandes, pero no eran pequeños; no era delgada, tampoco obesa; tenía un tono de piel oscuro aclarado. En pocas palabras: promedio; lo que me hace suponer que su cara sería de la misma forma, promedio. Y es que en ningún momento se la vi, cuando la besaba cerré los ojos, cuando bajamos del taxi miraba hacia la entrada del hotel, cuando tuvimos sexo miré su espalda promedio.

Desde entonces mis experiencias en los antros han sido terriblemente azarosas y sexualmente (increíblemente) diversas. Conocí una vez una mujer que me superaba en vello corporal, cosa que no es muy difícil, pero esta señora realmente era para exhibirse en una feria pueblerina. En otra ocasión, una santurrona me pedía que la maldijera y que me vistiera de Jesucristo. En otras de mis sexo-experiencias me topé con metaleras, hijas de presidentes, hippies, analfabetas, nadadoras, activistas, budistas, cazarecompensas, viudas, primas (lejanas), hechiceras, empresarias, cuarentonas, marimachas, pintoras, princesas (sí, de título), zoólogas,... Pero después de todas ellas, ninguna que me brindara amor.

En una ocasión, decidí no "ir a bailar". Por el contrario, asistí a la inauguración del bar de un amigo en la Condesa. Sentado frente a la barra perdí la noción de en qué momento comencé a platicar con una mujer que sostenía en una mano un tarro de cerveza, y en la otra su Iphone. Ingeniero Agrónoma de la Universidad de Chapingo, me dijo. Matemático... casi matemático de la UNAM, repliqué. Entonces sabes hacer cuentas. Matemático, no contador dije.

Creí que estaba arruinado, en una de esas su papá era contador, o peor aún que ella misma se dedicara a la contaduría de su granja, pero sucedió que lejos de aventarme la cerveza en la cara comenzó a reír sin parar. Sin parar. Y no paraba. Se acabó la canción. Empezó otra. No sé qué hacer.
-¡Qué divertido eres!
-¿Eso es un cumplido?- y le dio otro ataque de risa. Terminó otra canción.- ¿Cuántas cervezas llevas?- Chín, no le hubiera dicho eso, nuevo ataque de risa. La gente comenzó a irse.
- ¡Ay... ay, ay... ay, ay, ay! Necesito respirar. Ghhh...Ghhhghhh...- y por más que lo intentó no pudo contener más los "cochinitos" de su risa.

Ya están cerrando el lugar, le dije, y que me planta un beso. Pero uno de esos besos que salen no del sexo hacia la boca, son de esos besos que nacen del dedo chiquito de algún pie, recorren la pierna, rodean el pubis (sí, quizás lo acaricia un poco), saca su equipo de alpinismo y escala la espalda, se asoma por la oreja, se asoma por la otra, se carga de energía en el cerebro, baja a la lengua, lo duda, lo piensa en la boca del estómago, y lo vomita "sin querer queriendo" porque ya se había tardado mucho. Inmediatamente le digo "te llevo a tu casa".

¿Por qué reías tanto?, le pregunté y evadió la pregunta. Nos sirvió tequila (sí, derechos) y un tema nos llevó a otro, y a otro, y a otro, y ¿por qué te reías? y más tequila, y otro, y te traigo mi álbum de fotos, y mira qué bonito, y sí aquí estoy en una comunidad maya, y aquí estoy en Praga, y aquí más tequila, y aquí visitando a papá a su funeral, y ¿por qué te reías tanto?, y pérame ahorita me sigues contando ¿dónde está tu baño?, y está al fondo a la derecha, y gracias, y me sostenía para no orinar fuera de la taza, y ¿por qué te reías?, y no aguantas nada a pesar de que eres hombre.

Pasaron los días. Yo dejé de trabajar, y ella de... lo que sea que ella hiciera; pero la plática nunca se detuvo. Conocí desde su color favorito, hasta su rincón preferido para leer; supe cuál era su mayor miedo y también cuántos celulares había perdido en el último semestre; descubrí el párrafo que más le gusta de "La Divina Comedia" y por qué nunca le pone pimienta a la comida. Incluso cuando teníamos relaciones sexuales hablábamos de nuestras fantasías, mismas que no cumplimos porque perderíamos el hilo de la plática.

Y al hablar, me enamoré de ella.

Puedo decir que le hice el amor varias veces, aunque aún no puedo decir si ella lo hizo conmigo. Los momentos más excitantes de las historias que me contaba venían acompañados de un único orgasmo de tamaños mundiales. Y con cada historia que ella me contaba mi amor por ella crecía más.

Pero un día sucedió lo que no debió nunca suceder, y una vez cuando terminamos de hacer el amor ella quedó dormida de inmediato. Dormía profundamente. Sólo Dios sabrá qué sueños pasaban por su cabeza después de días enteros de platicarnos.

El detalle fue que al despertar nunca más volvió a hablar. No conmigo. Le llevé flores, le puse sus discos favoritos, coloqué sus películas preferidas... pero nada. Cuando la invité a un concierto de Los Pericos no emitió grito alguno, ni entonó una estrofa de canción alguna. Es más, cuando la llevé a la Feria de Chapultepec y subimos a la montaña rusa no dio sus típicos alaridos de emoción.

Entonces me atreví a volver al trabajo, y cuando regresé a su departamento escuché, por detrás de la puerta que hablaba con alguien por el teléfono. No sólo hablaba, reía. De hecho daba carcajadas durante horas (literalmente). Para mí, ese fue el último día que decidí verla.

Y entonces volví a los antros, con sus tradicionales encuentros ocasionales y no convencionales. Volví a tener romances con todo tipo de mujeres. En especial, quise buscar a todas aquellas mujeres ingenieras que hablaran y que rieran mucho.

Después busqué a las ingenieras que hablaran.

Después a las ingenieras.

Al poner sobre la balanza entre las muchísimas mujeres que puedo conocer en un antro o la resaca amorosa de mi encuentro en aquel bar, pienso que es momento de comenzar a visitar los Tabledance.